El 15 de abril de 1993, en la pintoresca localidad de Patones de Arriba (Madrid), se inauguró un establecimiento de los llamados "con encanto", que lleva este concepto hasta su grado máximo en cualquiera de sus rincones y recovecos, concebido para el disfrute del visitante.

Su nombre, El Tiempo Perdido, lo dice todo. A él hay que acudir sin prisas, con el ánimo presto a dejarse seducir por los innumerables detalles decorativos que abundan por doquier; a deambular por sus salas y salones, o a pararse en ellos con el único propósito de disfrutar del mobiliario, de la decoración, del ambiente que se respira en cada estancia, cuidado hasta el extremo. Una conversación ante la gran chimenea del salón principal o un café tomado en el pequeño patio ajardinado bien valen el viaje desde la provincia más alejada. Este hotel hace honor a su nombre: es un paréntesis de serenidad, de paz, de romanticismo y de placidez; es un tiempo perdido, maravillosamente perdido.

El interior es laberíntico porque se ha construido uniendo varias casas colindantes, gracias a lo cual nunca encontraremos un largo pasillo cuajado de habitaciones a ambos lados, sino que éstas van apareciendo de una en una tras un recodo, al final de una escalerita, atravesando una estancia o cruzando un pequeño patio.

Hemos adaptado el hotel, adecuándolo a la nueva normativa referente a los alojamientos en el medio rural, por lo que el hotel pasa a ser hotel rural.

La decoración -con muebles, piezas y ornamentos de época - muestra el sentir, la magia y la filosofía del buen gusto debida al talento de François Fournier, alma del proyecto "El Tiempo Perdido". Desde su fallecimiento, el 6 de abril de 2004, su legado ha pasado a manos de Paco Bello, colaborador directo desde el arranque de este sueño hecho realidad. Ahora, su continuidad es real y vive en el corazón de tan agradable espacio.

No obstante, el hotel resultaría incompleto si no contase con un restaurante que estuviese a su altura, pero cuenta con él, y no sólo uno, sino dos: se llaman El Poleo y El Jardín del Poleo. El nivel de su magnífica cocina y la perfecta atención en la sala se deben igualmente al incomparable cordobés Paco Bello, su chef y propietario, que, junto con la decoración, refinada y cuidadísima también, proporciona el equivalente y el complemento perfecto al hotel.